Al Pie de la Montaña

Desvelos de un tecolote loco

A LA MEMORIA DE MI PADRE


P1010110IN MEMORIAM

La noche encalla  en tu respiración marchita,

buscaba un faro y ha encontrado tu pulso a la deriva.

Presión arterial: 70/30.

Estoy frente a ti,

ya no me hablas,

tus ojos verdes parecen fascinados por un algo intangible mirado en lontananza.

¿Acaso ves allá en la cordillera, una escarpada cumbre?

Hoy es el día: marchas a la excursión definitiva.

Estás ya lejos, apenas vislumbro tu perfil.

Se empantanan los segundos,

una a una, las neuronas, se sueltan de las manos.

El sol emerge como ascua vigorosa,

fecundando el cielo con su chubasco de aves.

¡Amanece!

Y ya estás conquistando el paraíso.

+-+-+-+-+-+-+-+-+-*********+-+-+-+-+-+-+-+

Abro la puerta del asombro para garrapatear estas líneas. Mientras escribo, surgen en el pozo de mi cabeza ideas que ascienden por el broquel. Llevan el impulso dinámico de la fe, de alguien que cree en la sosegada vida; esa que discurre con la lógica de las semillas que una vez humedecidas se afanan por germinar. Pero también brotan ideas dotadas del ímpetu de quien cree en lo increíble, en los milagros. Cada gesto, cada acto, cada suceso surgido en los recónditos abismos del océano o en las abiertas estelas de las galaxias, es una articulación de este tejido cósmico al que ni tu ni yo somos ajenos.

La muerte de mi padre ha sido para mi como la revelación de un cofre cargado de secretos. Hay ahí dentro un sinnúmero de esencias, de entre las cuales la que he rescatado anticipadamente es la del agradecimiento. El viejo era duro, como una nuez de castilla, pero por dentro era un fruto suave y nutritivo. Me fue permitido estar junto a él, cuando una a una se fueron soltando sus amarras: pulso, temperatura corporal, respiración. Cuando todo se detuvo entendí que el agradecimiento es la materia del amor y que el perdón se esfumaba como espectro. No había nada que perdonar.

En seguida un poema de Manuel M. Flores. Este poema me impactó tremendamente desde mi adolescencia

Mi padre muerto

¡Gracias, gracias, Señor…! Me has dado llanto
y he llorado por fin… ¡Gracias, Dios mío!
¡Un pobre corazón que sufre tanto,
un pobre corazón que está vacío
de esperanza y de fe, necesitaba
para no reventar en mil pedazos
reventar en el llanto que le ahogaba…!

¡Gracias aun otra vez, porque tu oído
abriste ¡oh Dios! a mi aflicción, y has hecho
que al romper los sollozos de mi pecho
haya mis propias lágrimas bebido!
¡Gracias, inmenso Dios, gracias…!
Y ahora
¡apura, corazón, el hondo cáliz
del inmenso pesar que te devora!
¡Solo, ante Dios, en tu dolor sin nombre
inagotable llora
las más acerbas lágrimas del hombre,
y a ese viento que gime, a esas tinieblas
en que flota el pavor, a ese callado
tan espantable caos del infinito,
arroja delirante,
desesperado corazón, tu grito…

¡Hora de los misterios, noche amiga,
deja que el alma mártir
tu soledad bendiga…!
Sólo tú tienes para mí consuelo,
si así puede llamarse
hundirse en tanto duelo,
remover los pedazos doloridos
del roto corazón, y abandonarse
al amargo placer de sus gemidos…

¡Hay algo de la tumba que yo amo,
en tu tremenda calma;
hay algo de la muerte entre tu sombra,
y tengo triste hasta la muerte el alma;
toda ella es amargura,
indecible dolor jamás sentido,
noche en la noche misma, más oscura
que el negro manto en la Creación tendido…!

Ayer era feliz… y lo ignoraba…
Ayer era feliz… En mis hogares
la dulce paz de la virtud moraba,
y mucho tiempo hacía
que a su umbral no llegaban los pesares,
sino que en cada sol, una alegría
el Señor de los buenos les enviaba
como el pan celestial de cada día.

De mi padre la frente
iba cubriendo apenas
la primer nieve de la edad, luciente,
como el pico elevado
de la montaña, el hielo,
para significar, inmaculado,
la ya cercana vecindad del cielo.

Y allí, sobre esa frente veneranda,
cual rayo oculto que en serena tarde
de la pérfida nube se desprende
y la alta encina hiende,
del mismo modo la desgracia impía
vibró su rayo de dolor y muerte,
y en menos ¡ay! de lo que dura un día,
sin el adiós siquier de la agonía
la sacra vida quebrantó del fuerte.

Era un sueño ¿es verdad…? Estaba loco…
¡Oh! ¡decid que no es cierto,
que no ha podido ser que delirante
golpease mi cabeza
sobre la tumba de mi padre muerto…!

¿Puede acaso morir quien da la vida…?
¿De un mismo corazón puede una parte
caer en la tumba mientras otra existe?
Y Tú, que nos ordenas adorarte,
y Padre y Justo y Bienhechor llamarte,
Dios de inmensa bondad…, ¿Tú lo quisiste…?

¡Padre, mi padre, escúchame, responde…!
-¡Horrible desvarío!-
¿Es esto un ataúd…? ¿Aquí se esconde
el autor de mi vida? ¿Aquí, Dios mío…?
¿Aquí donde se estrella
convulsa de dolor el alma loca,
y besos tantos con sollozo inmenso,
con desesperación deja mi boca…?

¡Dejadme… porque quiero entre mis brazos
estrechar su cadáver…! ¡Estrecharle
y con mi propia vida reanimarle,
sobre mi corazón hecho pedazos…!
¡Un beso más en su serena frente,
un beso más en su cabello cano…!
¿Queréis que el corazón se me reviente…?
¡Yo no le vi morir… estaba ausente…
no me bendijo a mí su santa mano!

¡Al cerrarse sus ojos no me vieron,
buscome su alma, me llamó… y no estaba!

¡Mis labios en los suyos no bebieron
el suspiro postrer… ni recogieron
la lágrima que dicen que rodaba
única por su faz, cuando sus ojos
en el eterno sueño se durmieron!

¡Oh! ¡dejadme, llorar…! ¡Acaso el grito,
de las entrañas mismas arrancado,
del corazón de un hijo es infinito…!
¡Quizá traspase la mortuoria losa
y a través de la tumba y del olvido
llegue a la Eternidad donde reposa
el pedazo del alma más querido…!

¡Es mi postrer adiós… el que la muerte
no quiso que te diera, padre mío,
ni me lo dieras, tú…. cuando por verte
un instante brevísimo siquiera,
al féretro sombrío
donde duermes, mi padre, te siguiera…!

¡Mas calla, corazón; rómpete y calla…!
¿Quién traduce en palabras el crujido
de un alma de hijo que al dolor estalla…?
El féretro está allí… ¡Dios lo ha querido…!

Sombra bendita de mi padre muerto,
heme aquí sollozando y de rodillas,
empapadas en llanto las mejillas
y de honda herida el corazón abierto…
Huérfano, en mi dolor no pido al cielo
el alivio mezquino del consuelo;
sólo quiero tenerte, padre mío,
en amor, en espíritu, en imagen,
de mi recuerdo en el altar sombrío.
Y hasta el instante en que también sucumba,
con mi amor y mis llantos esconderte
en la secreta tumba
del alma entristecida hasta la muerte.

Me permito añadir las coplas de Don Jorge Manrique por la muerte de su padre:

I

Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.

II

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto s’es ido
e acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo non venido
por passado.
Non se engañe nadi, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de passar
por tal manera.

Poema completo en:

http://www.poesia-inter.net/index1.htm

11 septiembre 2009 - Posted by | Insomnios | , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

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